1929-1932: Capítulo 45. La toma del Palacio de Invierno.
(viene de pg. anterior)
Entre tanto, llegan las unidades de la escuadra de operaciones del Báltico: un crucero, dos torpederos grandes y dos pequeños. "Por más seguros que estuviéramos de la victoria con las fuerzas de que disponíamos -dice Flerovski-, el regalo que nos hacía la escuadra de operaciones suscitó un gran entusiasmo en todos nosotros." El almirante Verderevski podía observar, desde las ventanas de la sala de Malaquita, aquella imponente flotilla revolucionaria, que dominaba, no sólo el palacio y su radio, sino también las principales entradas de Petrogrado. Cerca de las cuatro de la tarde, Konovalov llamó por teléfono a palacio a los políticos afines al gobierno: los ministros sitiados tenían necesidad, aunque no fuera más que de apoyo moral. De todos los invitados, sólo se presentó Nabokov; los demás prefirieron expresar su simpatía por teléfono. El ministro Tretiakov se lamentaba de Kerenski y del destino: el jefe del gobierno había huido, dejando indefensos a sus colegas. Pero ¿y si llegan refuerzos? ¡Quién sabe! Sin embargo, ¿por qué no han llegado aún? Nabokov mostraba su pesar, miraba el reloj a hurtadillas, y se apresuró a despedirse. Se marchó a tiempo. Poco después de las seis, el palacio de Invierno fue estrechamente cercado por las tropas del Comité militar revolucionario: el acceso había quedado cerrado, no sólo para los refuerzos, sino también para las personas aisladas.
Por el lado del bulevar Konogvardeiski, la orilla del Almirantazgo, la calle Morskaya, la perspectiva Nevski, el campo de Marte, la calle Milionaya, la orilla del palacio, el círculo del sitio se iba estrechando. La cadena de las fuerzas sitiadoras se extendía desde las verjas del jardín del palacio de Invierno, que se hallaba ya en manos de los revolucionarios, desde el arco que formaba la plaza de Palacio y la calle Morskaya, desde los canales del Ermitage, y desde las esquinas vecinas a palacio, del Almirantazgo y de la Nevski. A la otra parte del río mostraba el ceño, amenazadora, la fortaleza de Pedro y Pablo. Desde el Neva, el Aurora mostraba sus cañones de seis pulgadas. Los torpederos patrullaban a lo largo del Neva. En la plaza de Palacio, desalojada por los junkers tres horas antes, aparecieron automóviles blindados, que ocuparon las entradas y salidas. Bajo su protección, las fuerzas de asalto de la plaza se sentían cada vez más seguras. Uno de los autos blindados se acercó a la entrada principal de palacio, y después de desarmar a los junkers que le guardaban, se alejó sin hallar obstáculos.
A pesar del completo bloqueo que, por fin, se había establecido, los sitiados seguían conservando el contacto con el mundo exterior, por medio de las líneas telefónicas. A las cinco, un destacamento del regimiento de Keksholm ocupó el edificio del Ministerio de la Guerra, a través del cual se relacionaba el palacio de Invierno con el Cuartel general. Pero, según parece, aun después de esto, un oficial permaneció por espacio de varias horas al pie del aparato Hughes, emplazado en las azoteas del Ministerio, adonde no se les había ocurrido subir a los vencedores. Sin embargo, el hecho de que subsistiera la comunicación, seguía sin constituir precisamente una ventaja. Las contestaciones del frente Norte eran cada vez más evasivas. Los refuerzos no llegaban. El misterioso batallón de motociclistas no aparecía por ninguna parte. Del propio Kerenski no se sabía absolutamente nada. Los amigos de la ciudad iban limitándose, cada vez más, a breves expresiones de sentimiento. Los ministros esperaban, exhaustos. No tenían de qué hablar ni podían esperar nada, y acabaron por sentir repugnancia unos de otros y de sí mismos. Unos estaban sentados en un estado de embrutecimiento; otros paseaban automáticamente de un extremo a otro de la sala. Los que se sentían inclinados a la reflexión, volvían la vista atrás, hacia el pasado, buscando a los culpables de sus desdichas. No fue difícil encontrarlos: ¡la culpa la tenía la democracia! Ella era la que les había mandado al gobierno, echando sobre sus espaldas un peso enorme y dejándolos sin apoyo en el momento de peligro. Por esta vez, los kadetes se solidarizaban completamente con los socialistas: sí, la culpa era de la democracia. Verdad es que ambos grupos, al pactar la coalición, se habían vuelto de espaldas a la Conferencia democrática, tan afín a ellos. La independencia respecto de la democracia, constituía incluso la principal idea de la coalición. Pero daba lo mismo: ¿acaso existe la democracia para otra cosa que para salvar a un gobierno burgués, cuando se halla en una situación apurada? El ministro de Agricultura, Maslov, socialrevolucionario de derecha, escribió unas líneas, que él mismo calificó de póstumas, en las que se comprometía solemnemente a morir maldiciendo a la democracia. Sus colegas se apresuraron a comunicar a la Duma, telefónicamente, este fatal propósito. La muerte, a decir verdad, no pasó de la fase de proyecto, pero maldiciones hubo más que suficientes.
Los junkers querían saber lo que iba a pasar, y exigieron del gobierno una respuesta que mal podía darles éste. Mientras se estaba celebrando una nueva reunión de los junkers con los ministros, llegó Kischkin, del Estado Mayor central, con un ultimátum firmado por Antónov, ultimátum que había llevado al palacio un ciclista de la fortaleza de Pedro y Pablo. El ultimátum estaba concebido en estos términos: desarmar la guarnición del palacio de Invierno; en caso contrario, los cañones de la fortaleza y de los buques de guerra abrirán el fuego: veinte minutos para reflexionar. El plazo pareció demasiado breve. El general del Estado Mayor Poradelov solicitó diez minutos más. Los militares del gobierno Manikovksi y Verderevski enfocaron la cuestión de un modo más simple: puesto que no hay posibilidad de combatir, hay que pensar en la rendición; esto es, aceptar el ultimátum. Pero los ministros civiles permanecieron inquebrantables. Al fin, decidieron no contestar al ultimátum y recurrir a la Duma municipal, como al único órgano legítimo que existía en la capital. Esta apelación a la Duma fue la última tentativa realizada para despertar la conciencia dormida de la democracia.
Al expirar el plazo de media hora, un destacamento de guardias rojos, marinos y soldados mandados por un suboficial del regimiento de Pavl, ocupó sin resistencia el Estado Mayor central y detuvo a Poradelov. Esta operación hubiera podido realizarse mucho antes, puesto que ninguna defensa había en el interior del edificio. Pero los asaltantes temían un ataque de los junkers del palacio de Invierno, que habrían podido coparlos en el Estado Mayor. Ahora, defendidos por los autos blindados, se sintieron más decididos. Después de la pérdida del Estado Mayor, el palacio de Invierno se sintió aún más desamparado. De la sala de Malaquita, cuyas ventanas daban al Neva y parecían estar llamando a los obuses del Aurora, los ministros se trasladaron a uno de los innumerables aposentos del palacio, cuyas ventanas daban al patio. Se apagaron las luces. Sólo en una mesa brillaba una lámpara, cubierta con una hoja de periódico para que no se viera la luz por la ventana.
El general Bragatuni consideró oportuno declarar en aquel momento que se negaba a seguir ejerciendo las funciones de jefe de la zona militar. Por orden de Kischkin fue destituido el general, "como indigno", y se le propuso que abandonara inmediatamente el palacio. Al salir cayó en manos de los marinos, que lo condujeron a los cuarteles de la dotación del Báltico. El general hubiera podido pasarlo mal si Podvoiski, que recorría los sectores del frente antes del último ataque, no hubiera tomado bajo su protección al desdichado guerrero.
Desde las calles adyacentes y desde la orilla del río, observaron muchos cómo el palacio, que hacía un momento brillaba con la luz de centenares de lámparas eléctricas, se había hundido repentinamente en las tinieblas. Entre los observadores había también amigos del gobierno. Uno de los compañeros de armas de Kerenski, Redemeister, anotó en su diario: "La oscuridad en que estaba sumido el palacio encerraba un enigma." Los amigos no tomaron medida alguna para descifrarlo. Hay que reconocer que tampoco eran muy considerables las posibilidades de hacerlo.
-¿Qué peligro amenaza al palacio si el Aurora abre el fuego? -preguntaban los ministros a su colega marino.
-Se convertirá en un montó de ruinas -contestaba el almirante, no sin un sentimiento de orgullo por la artillería marina.
Verderevski hubiera preferido la rendición, y se hallaba harto dispuesto a darles un susto a los hombres civiles que tan inoportunamente se hacían los valientes. Pero el Aurora no disparaba. Callaba asimismo la fortaleza. ¿Será que los bolcheviques no se deciden a cumplir su amenaza?
Protegidos por los montones de leña, los junkers acechaban a las fuerzas de la plaza de Palacio, recibiendo cada movimiento del enemigo con fuego de fusilería y de ametralladoras, al cual se contestaba del mismo modo. Por la noche, el fuego se hizo más intenso. A pesar de ello, hubo muy pocas víctimas. En la plaza, en la orilla, en la Milionaya, los sitiadores se ocultaban tras de los resaltos, se refugiaban en los huecos, se pegaban a los muros. En las reservas, los soldados y los guardias rojos se calentaban en torno a las hogueras, que humeaban desde que había empezado a oscurecer, y censuraban a los directores por su lentitud.
La espera del fuego de artillería, la pasividad y la desconfianza desmoralizaba a la guarnición de palacio. Buena parte de los oficiales buscaba refugio a su desgracia en el bufete, donde obligaban a los servidores de palacio a colocar ante ellos una batería de vinos añejos. La juerga de la oficialidad ene le palacio agonizante no podía ser un secreto para los junkers, cosacos, inválidos y mujeres del batallón de choque. El desenlace se preparaba no sólo desde el exterior, sino también desde el interior.
El oficial del pelotón de artillería comunicó inesperadamente al comandante de la defensa que los cañones habían sido puestos en sus avantrenes, y los junkers se retiraban a sus casas de acuerdo con la orden recibida del jefe de la academia de Konstantino. Era un golpe pérfido. El comandante intentó hacer objeciones: allí nadie podía dar órdenes más que él. Los junkers lo comprendían perfectamente, pero prefirieron someterse al jefe de la academia, que, a su vez, obraba bajo la presión del comisario del Comité militar revolucionario. La mayoría de los artilleros abandonó el palacio, llevándose consigo cuatro de los seis cañones que había. Detenidos en la Nevski por las patrullas de soldados, intentaron ofrecer resistencia; pero un retén del regimiento de Pavl, que llegó con un auto blindado, los desarmó y los condujo con dos cañones a sus cuarteles; los otros dos fueron emplazados en la Nevski y en el puente de la Moika, apuntados hacia el palacio de Invierno.
El ejemplo de los artilleros no podía dejar de ser contagioso. Las dos centenas de cosacos de los Urales esperaban en vano a los suyos. Savinkov, estrechamente ligado al Soviet de las tropas cosacas y representante, incluso, de las mismas en el Preparlamento, intentó, con ayuda del general Alexéiev, ponerlas en movimiento. Pero los dirigentes del Soviet cosaco, según la justa observación de Miliukov, eran tan pocos capaces de disponer de los regimientos cosacos como lo era el Estado Mayor de disponer de las tropas de la guarnición. Después de examinar la cuestión en todos sus aspectos, los regimientos cosacos decidieron, en fin de cuentas, no entrar en acción sin la Infantería, y ofrecieron sus servicios al Comité militar revolucionario para encargarse de proteger los bienes del Estado. Al mismo tiempo, el regimiento de los Urales decidía mandar delegados al palacio de Invierno, con objetivo de que volvieran a sus cuarteles las dos centenas. Esta proposición no podía responder mejor al espíritu que había acabado por formarse entre los "viejos". No veían en torno suyo más que a gente extraña: junkers entre los cuales no pocos judíos, oficiales inválidos y, por añadidura, las mujeres del batallón de choque. Los cosacos recogieron sus mochilas con una expresión irritada y sombría en el rostro. Ninguna exhortación les hacía ya efecto. ¿Quién se quedaba para defender a Kerenski? "Unos cuantos judíos, más esas mujeres..., mientras que el pueblo ruso se ha quedado ahí fuera, con Lenin." Resultó que los cosacos estaban en relación con los sitiadores, los cuales les dejaron el paso libre por una salida ignorada hasta entonces de la defensa. Los cosacos de los Urales abandonaron el palacio de Invierno cerca de las nueve de la noche.
Por ese mismo camino que comunicaba con la Milionaya, consiguieron entrar en el palacio los bolcheviques para desmoralizar al adversario. Cada vez con más frecuencia aparecían en los corredores figuras misteriosas que hablaban con los junkers, que, aun sin necesidad de eso, estaban ya torturados por angustiosas dudas. ¿Qué hacer? El gobierno se negaba a dar órdenes directas. Los ministros se quedarán con el viejo régimen; los demás, que hagan lo que quieran. Esto significaba dejar en libertad para salir de palacio a los que así lo desearan. Maliantovich ha contado posteriormente que "en aquella inmensa ratonera vagaban, juntándose todos, unas veces, otras por grupos separados, conversando brevemente, unos hombres condenados, solitarios, abandonados de todo el mundo... A nuestro alrededor, el vacío, y lo mismo ocurría en nuestro interior. Y en ese vacío iba tomando cuerpo una decisión irreflexiva de impasible indiferencia."
Antónov-Ovseenko convino con Blagonravov en que, tan pronto como estuviera terminado el cerco del palacio, se alzaría un farol rojo en el mástil de la fortaleza de Pedro y Pablo. Al aparecer esta señal, el Aurora haría un disparo, sin bala, con objeto de intimidar. En caso de que los sitiados se obstinaran, la fortaleza abriría fuego contra el palacio, de cañones ligeros. Si, después de esto, tampoco se rendía el palacio de Invierno, el Aurora abriría el fuego con sus cañones de seis pulgadas. El fin que se perseguía con esta gradación era reducir al mínimo las víctimas y los desperfectos, en caso de que fuera imposible evitarlos del todo. Pero la solución excesivamente compleja de una cuestión simple puede dar resultados contrarios. Las dificultades de realización deben ponerse inevitablemente de manifiesto. Empiezan ya a cuenta del farol rojo: resulta que no hay ninguno a mano. Buscan, pasa el tiempo, al fin encuentran un farol rojo. Sin embargo, no es tan sencillo como parece atarlo al mástil, de manera que resulte visible desde todas partes. Nuevas tentativas, con resultados dudosos. Y, entre tanto, se pierde un tiempo precioso.
Sin embargo, las dificultades principales empiezan cuando se trata de emplear la artillería. Según los informes de Blagonravov, el ataque de artillería al palacio podía empezar ya a mediodía, tan pronto como se diera la señal. Pero la realidad fue otra. Como en la fortaleza no había artillería permanente, salvo el cañón enmohecido que se cargaba por la boca y señalaba el filo del mediodía, hubo que subir cañones de campaña a los muros de la fortaleza. Esta parte del programa fue, efectivamente, realizada a mediodía. Pero las cosas iban mal, por lo que se refería a los artilleros. Sabíase de antemano que la compañía de Artillería, que en julio no se había puesto al lado de los bolcheviques, no merecía gran confianza. No podía esperarse un golpe traicionero de su parte, pero no estaba dispuesta a entrar en fuego por los soviets. Cuando llegó la hora de obrar, un suboficial comunicó que los cañones se hallaban tomados de orín, los compresores no estaban engrasados y era imposible disparar. Es muy posible que, en efecto, los cañones no estuvieran en perfectas condiciones; pero, en el fondo, no era de esto de lo que se trataba: los artilleros rehuían, sencillamente, la responsabilidad, y engañaban al inexperto comisario. Antónov acudió, veloz y furioso, en una canoa. ¿Quién saboteaba el plan? Blagonravov le habla del farol, de la grasa y del suboficial. Ambos se dirigen a los cañones. Noche, tinieblas, charcos en el patio, después de las últimas lluvias. De la otra parte del río llega el eco de un intenso fuego de fusilería y el tableteo de las ametralladoras. En la oscuridad, Blagonravov se pierde. Chapoteando en los charcos, ardiendo de impaciencia, tropezando y cayendo en el barro, Antónov sigue al comisario por el oscuro patio. "Al pie de uno de los faroles que brillaban débilmente -cuenta Blagonravov-, Antónov se detuvo de repente casi a quemarropa. En sus ojos leí una oculta alarma." Por un instante, Antónov sospechó la existencia de la traición donde no había más que ligereza.
Al fin se encuentra un sitio en que emplazar los cañones. Los artilleros se obstinan: el moho..., los compresores..., la grasa. Antónov manda buscar artilleros del Polígono marítimo, y ordena que la señal la dé el cañón arcaico que anuncia el mediodía. Pero los artilleros preparan el cañón con una lentitud sospechosa. Tienen la sensación evidente de que en el propio mando, cuando no está lejos, en el teléfono, sino a su lado, no hay la decisión firme de recurrir a la artillería. Los que dan órdenes severas y meten prisa nerviosamente no parece, en realidad, que eviten el retraso, sino que lo busquen. Bajo ese complicado plan de empleo de la artillería se adivina la misma idea: acaso sea posible prescindir de esto.
Alguien llega corriendo por el patio, se cae en el barro, blasfema, aunque no encolerizado, y gozoso y jadeante grita: "¡El palacio de Invierno se ha rendido, y los nuestros están ya en él!" Abrazos de entusiasmo. ¡El retraso ha sido un bien! Todo el mundo se ha olvidado de los compresores. Pero ¿por qué no cesa el tiroteo al otro lado del río? ¿Es que algunos grupos de junkers se resisten, o que ha habido alguna equivocación? La equivocación estaba precisamente en la buena noticia: lo que se había tomado no era el palacio de Invierno, sino únicamente el Estado Mayor central. El cerco de palacio continuaba.
En virtud de un acuerdo secreto con un grupo de junkers de la Escuela de Oranienbaum, Chudnovski entra en palacio para entablar negociaciones: ese adversario de la insurrección no deja pasar nunca la ocasión de lanzarse al fuego. Palchinski hace detener al audaz, pero bajo la presión de la Escuela de Orienbaum, se ve obligado a dejar salir, no sólo a Chudnovski, sino también a una parte de los junkers, que arrastran consigo a algunos Caballeros de San Jorge. La aparición de los junkers en la plaza deja confusos a los sitiadores. Pero los gritos de júbilo no tienen fin cuando éstos se enteran de que los que salen se han rendido.
Sin embargo, no había rendido más que una exigua minoría. Los demás siguen disparando con mayor intensidad cada vez. La luz eléctrica del patio descubre a los junkers, que de ese modo ofrecen un blanco excelente. Con grandes trabajos se consigue apagar los faroles. Una mano invisible vuelve a encender la luz. Los junkers disparan contra los faroles, luego van en busca del montador y le obligan a cortar la corriente. Las mujeres del batallón de choque anuncian inesperadamente su propósito de hacer una salida. Según ellas, el general Alexéiev, el único hombre que puede salvar a Rusia, se halla prisionero en el Estado Mayor: hay que rescatarle a toda costa. En el momento de la salida, vuelven a brillar los faroles. Se amenaza al montador con el revólver, pero éste no puede hacer nada: la central eléctrica ha sido ocupada por los marinos, y son ellos los que disponen de la luz. Las mujeres no resisten al fuego, y la mayor parte se rinden. El comandante de la defensa manda a un teniente del gobierno, para informar a éste de que la salida de las mujeres del batallón de choque "ha terminado con el exterminio de las mismas", y de que el palacio está lleno de agitadores.
El fracaso de la salida da lugar a una pausa, que dura aproximadamente desde las diez a las once: por las trazas, los sitiadores esperan la rendición del palacio.
La tregua, sin embargo, despierta algunas esperanzas en los sitiados. Los ministros intentan de nuevo animar a los partidarios con que aún cuentan en la ciudad y en el país: "Se ve claramente que el adversario es débil." En realidad, el adversario es omnipotente, pero no se decide a hacer el uso necesario de su fuerza. El gobierno dirige al país una comunicación en la que da cuenta del ultimátum, habla de lo ocurrido con el Aurora, dice que él, el gobierno, sólo puede entregar el poder a la Asamblea constituyente, y que el primer ataque al palacio de Invierno ha sido rechazado. "¡Que el ejército y el pueblo respondan!" Lo que los ministros no indicaban era cómo debían responder.
Entre tanto, Laschevich mandaba dos artilleros de Marina a la fortaleza. Verdad es que su experiencia y su habilidad no eran precisamente excesivas; pero, en cambio, eran dos bolcheviques dispuestos a disparar con cañones enmohecidos y sin grasa en los compresores. Es lo único que se exigía de ellos: el estruendo de la artillería es ahora más importante que la precisión del tiro. Antónov da orden de empezar. La gradación señalada previamente es observada de un modo riguroso. "Después del disparo que había de servir de señal hecho desde la fortaleza -cuenta Flerovski- retumbó el Aurora. El estampido y la llamarada son mucho más considerables en un disparo con pólvora sola que con bala. Los curiosos se lanzaron desde el parapeto de granito a la orilla, cayendo y tropezando..." Chudnovski se apresura a preguntar si no ha llegado el momento de proponer la rendición a los sitiados. Antónov se muestra inmediatamente de acuerdo con él. Otra pausa. Se rinde un grupo de junkers y de mujeres. Chudnovski quiere dejarles las armas, pero Antónov se alza oportunamente contra esta generosidad. Después de depositar los fusiles en la acera, los rendidos desaparecen, escoltado, por la calle Milionnaya.
El palacio de Invierno sigue resistiendo. Los que están dentro de él siente con todas sus fibras la decisión insuficiente de los atacantes, y se consuelan con la supuesta debilidad de los mismos. ¡Hay que acabar! Se ha dado la orden, y los marinos la toman en serio. Por fin, se abre el fuego contra el palacio. Los disparos son frecuentes, pero poco eficaces. De las tres docenas de ellos que aproximadamente han sido hechos durante una hora y media o dos, sólo dos han caído en el palacio y aun ésos no han causado más que desperfectos en el estucado; lo demás obuses han pasado por encima, sin causar, felizmente, ningún daño en la ciudad. Poco después de los primeros disparos llevó Palchinski a los ministros un casco de obús. El almirante Verderevski reconoció en él un casco de los suyos, del Aurora. Pero desde el crucero no habían hecho más que un disparo con pólvora sola. Así se había convenido; así lo atestigua Flerovski, así lo comunicó más tarde un marino al Congreso de los soviets. ¿Se equivocaba el almirante? ¿Se equivocaba el marino? ¿Quién puede comprobar un disparo de cañón, hecho a altas horas de la noche, desde un buque sublevado contra el palacio del zar, donde expiraba el último gobierno de las clases poseedoras?
La guarnición de palacio había quedado considerablemente mermada. Si en el momento de la llegada de los cosacos de los Urales, de los inválidos y de las mujeres de la brigada de choque, eran sus efectivos de 1.500 ó 2.000, ahora éstos habían descendido hasta 1.000, y acaso mucho menos. ¿Podría contarse con algo más? Nadie hablaba ya de los refuerzos del frente. En cambio, los junkers se transmiten la gozosa noticia recibida hace poco por mediación de Palchinski: se ha comunicado desde la Duma municipal que las fuerzas vivas, los comerciantes, el pueblo con el clero al frente, se dirigen al palacio para libertarlo del sitio. El pueblo con el clero al frente: "¡Eso sí que será de una belleza admirable!" La noticia alumbra con un último destello los restos de energía. "¡Hurra! ¡Viva Rusia!"
Pero el pueblo y el clero llegan muy lentamente. Los disparos de artillería van produciendo su efecto, poniendo los nervios en tensión. El número de los agitadores aumenta en palacio. Ahora abrirá fuego el Aurora -se susurra por los corredores-, y ese susurro pasa de boca en boca. De pronto, resuenan dos explosiones. Un grupo de marinos ha entrado en palacio y, arrojando -o acaso sea que se le han caído- dos granadas desde la galería, hirió levemente a dos junkers. Se detiene a los marinos; Kischkin, médico de profesión, hace la primera cura a los heridos.
La decisión íntima de los sitiadores es grande, pero aún no se ha convertido en encarnizamiento. Para no provocarlo sobre sus cabezas, los sitiados, como incomparablemente más débiles que son, no se atreven a tomar represalias con los agentes del enemigo en el interior del palacio. No se fusila a nadie. Los invitados indeseables empiezan a aparecer, no ya aisladamente, sino por grupos. El palacio va pareciéndose cada vez más a un tamiz. Cuando los junkers se arrojan sobre los intrusos, éstos se dejan desarmar. "¡Qué canalla más cobarde!", dice Palchinski con desprecio. No, no son unos cobardes. Hace falta un gran valor para decidirse a penetrar en el palacio, atestado de oficiales y de junkers. En el laberinto de aquel edificio desconocido, en los pasillos oscuros, entre innumerables puertas que no se sabe adónde conducen ni los peligros que encierran, a esos audaces no les queda otro recurso que rendirse. El número de prisioneros crece. Entran nuevos grupos. No siempre se ve ya con claridad quién se rinde a quién y quién desarma a quién. Truena la artillería.
A excepción del barrio de las inmediaciones del palacio de Invierno, la vida no se interrumpió en las calles hasta hora muy avanzada de la noche. Los teatros y los cines estaban abiertos. Por las trazas, a los elementos respetables e ilustrados de la capital no les interesaba en lo más mínimo que se disparara contra su gobierno. Redemeister observó en el puente de Trotski a los tranquilos transeúntes a quienes no dejaban pasar los marinos. "No se advertía nada extraordinario." Por los amigos que llegaban de la Casa del Pueblo, se enteró Redemeister, bajo el estampido de los cañonazos, de que Chaliapin había estado incomparable en el Don Carlos. Los ministros seguían agitándose en su ratonera.
"Se ve claramente que los sitiadores son débiles." Acaso, de poder resistir una hora más, lleguen los refuerzos. Kischkin llamó al teléfono, a hora avanzada de la noche, al subsecretario de Hacienda, Jruschev, que también era kadete, y le pidió que comunicara a los dirigentes del partido que el gobierno tenía necesidad, aunque sólo fuese, de una pequeña ayuda para sostenerse hasta las primeras horas de la mañana, en que, por fin, debía llegar Kerenski con las tropas. "¿Qué partido es ése -decía indignado Kischkin- que no puede mandar ni siquiera trescientos hombres en un momento de peligro mortal para el régimen burgués. Si a los ministros se les hubiera ocurrido buscar en la biblioteca de palacio al materialista Hobbes, en sus diálogos sobre la guerra civil habrían podido leer que no se puede esperar ni exigir valor de los tenderos enriquecidos "que no ven más que sus ventajas del momento... y pierden completamente la cabeza a la sola idea de la posibilidad de ser robados". Pero es poco posible que se hubiera encontrado nada de Hobbes en la biblioteca del zar. Además, los ministros no estaban para meterse en cuestiones de filosofía de la historia. La llamada de Kischkin fue la última llamada telefónica que se hizo desde el palacio de Invierno.
Smolni exigía categóricamente que se provocara el desenlace. No era posible prolongar el sitio hasta la mañana, tener en tensión a la ciudad, enervar al Congreso, poner todos los éxitos bajo un interrogativo. Lenin mandaba esquelas irritadas. El Comité militar revolucionario no cesa de preguntar por teléfono. Podvoiski se enfada. Se puede lanzar a las masas al asalto; no son ganas lo que falta. Pero ¿cuántas víctimas habrá? ¿Qué quedará de los ministros y de los junkers? Sin embargo, la necesidad de llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias es demasiado imperiosa; no queda otro recurso que ceder la palabra a la artillería de Marina. Llega al Aurora un marinero de la fortaleza de Pedro y Pablo con una orden escrita: abrir inmediatamente el fuego contra el palacio. Ahora todo parece claro. Los artilleros del Aurora no dejarán de hacer lo que se les indica. Pero los dirigentes no se sienten aún decididos a disparar. Se hace una nueva tentativa para eludir el cumplimiento de la orden. "Decidimos esperar un cuarto de hora más -dice Flerovski-, pues presentíamos por instinto la posibilidad de que se modificaran las circunstancias." Por "instinto", hay que entender la esperanza tenaz de que las cosas se resolverán con sólo los recursos demostrativos. Tampoco engañó esta vez el "instinto": antes de que expirara el cuarto de hora que se habían señalado, llegó un nuevo emisario que venía directamente del palacio de Invierno y que anunció: ¡el palacio de Invierno ha sido tomado!
El palacio no se rindió, sino que había sido tomado por asalto; pero en un momento en que la fuerza de resistencia se había extinguido ya definitivamente. Irrumpieron en el corredor, no ya por la entrada secreta, sino por el patio desalojado, un centenar de enemigos que el servicio desmoralizado de vigilancia tomó por una Delegación de la Duma. Todavía fue posible desarmarlos, sin embargo. En la confusión que se produjo, un grupo de junkers se retiró. Los restantes siguieron ejerciendo el servicio de vigilancia. Pero la pared de bayonetas y de fuego que separaba a los sitiadores y a los sitiados se desmoronó, al fin. Los obreros armados, los marinos y soldados empujaban cada vez con más ímpetu, arrojan a los junkers de las barricadas del exterior, irrumpen a través del patio, chocan en las escaleras con los junkers, los rechazan, los hacen huir ante ellos. De atrás empuja ya la oleada siguiente. La plaza irrumpe en el patio, el patio irrumpe en el palacio y se difunde por las escaleras y los corredores. En el suelo, entre los colchones y los pedazos de pan, yacen hombres, fusiles y granadas. Los vencedores se enteran de que Kerenski no está en el palacio, y su júbilo impetuoso se ve un momento atenuado por la amargura del desencanto. Antónov y Chudnovski se encuentran en palacio. ¿Dónde está el gobierno? He aquí la puerta ante la que se han apostado los junkers con un último gesto de resistencia. El que manda a los centinelas corre hacia los ministros y les pregunta: ¿Ordenan que nos defendamos hasta el fin? No, no; los ministros no quieren nada de esto. ¿Para qué? El palacio ha sido ya tomado. Hay que evitar la sangre, hay que ceder a la fuerza. Los ministros quieren rendirse con dignidad, y se sientan alrededor de la mesa, como si estuvieran reunidos. El comandante de la defensa había rendido ya el palacio después de obtener la promesa de que se respetaría la vida a los junkers, condición fácil de cumplir, puesto que nadie se proponía atentar contra ellos. Antónov se negó a entablar negociación alguna respecto a la suerte del gobierno. Se procede al desarme de los junkers, apostados en las últimas puertas vigiladas. Los vencedores irrumpen en el aposento en que se hallan los ministros. Miliukov refiere: "Al frente de la muchedumbre iba un hombre de escasa estatura y mala facha, que se esforzaba por contener a los que le empujaban desde atrás; sus ropas estaban en desorden; llevaba ladeado el sombrero de alas anchas. Los lentes se le sostenían apenas en la nariz. Pero en sus ojos pequeños brillaba el entusiasmo de la victoria y el rencor contra los vencidos." Así aparece descrito Antónov. No es difícil creer en el desaliño de su indumentaria: bastará recordar su viaje nocturno por los charcos de la fortaleza de Pedro y Pablo. En sus ojos podía leerse, indudablemente, el entusiasmo de la victoria; pero es muy inverosímil que hubiera en ellos ni asomos de rencor contra los vencidos.
-En nombre del Comité militar revolucionario -dijo Antónov-, quedáis detenidos como ministros del gobierno provisional.
El reloj señalaba las dos y diez minutos del 26 de octubre.
-Los miembros del gobierno provisional se someten a la fuerza y se rinden para evitar el derramamiento de sangre -contesta Konovalov.
La parte más importante del ritual había sido observada.
Antónov hizo llamar a 25 hombres armados de los primeros destacamentos que entraron en palacio y les confió a los ministros. Después de levantar acta, se condujo a los detenidos a la plaza. En la multitud, que entre muertos y heridos había perdido algunos hombres, sí que estalla el odio contra los vencidos. "¡Hay que fusilarlos! ¡Matarlos!" Algunos soldados intentan agredir a los ministros. Los guardias rojos calman a los exaltados: ¡no mancilléis la victoria proletaria! Grupos de obreros armados forman un estrecho círculo en torno a los prisioneros y de los que los custodian. "¡Adelante!" No hay que ir muy lejos: hay que atravesar únicamente la Minionnaya y el puente de Trotski. Pero la multitud excitada hace que ese corto trayecto sea largo y lleno de peligros. El ministro Nikitin ha dicho posteriormente, y no sin fundamento, que, a no ser por la intervención enérgica de Antónov, las consecuencias hubieran podido ser "muy graves". Como si esto fuera poco, el cortejo, al llegar al puente, fue objeto de un tiroteo casual: tanto los detenidos como los que los custodiaban, tuvieron que echarse al suelo. Pero tampoco hubo que lamentar ninguna víctima. Por lo visto, se disparaba al aire, por intimidar.
En el reducido local del club de la guarnición de la fortaleza, iluminado por una lámpara de petróleo de luz vacilante -la instalación eléctrica estaba estropeada-, se apretujan unas cuantas docenas de hombres. Antónov pasa lista a los ministros en presencia del comisario de la fortaleza. Son 18 hombres, contando sus auxiliares inmediatos. Una vez terminadas las últimas formalidades, se encierra a los prisioneros en los calabozos del histórico bastión de Trubetskoi. De los hombres de la defensa, no se detiene a ninguno: únicamente se desarma a los oficiales y junkers, y se les pone en libertad bajo palabra de honor de que no harán nada contra el régimen de los soviets. Fueron muy pocos los que cumplieron su palabra.
Inmediatamente después de la toma del palacio de Invierno, empezaron a circular por los círculos burgueses rumores en que se hablaba de fusilamientos de junkers, de violencias cometidas con las mujeres del batallón de choque, del saqueo de las riquezas del palacio. Miliukov, cuando hacía ya mucho tiempo que todas esas burdas invenciones habían sido refutadas, escribía en su historia: "Las mujeres del batallón de choque que no perecieron bajo las balas y cayeron en manos de los bolcheviques, fueron objeto en esa noche de los tratos más horribles por parte de los soldados, de violencias y fusilamientos." En realidad, no se fusiló a nadie, ni podía suceder nada por el estilo, si se tiene en cuenta el espíritu que anima a los dos bandos en ese período. Menos verosímiles aún son las violencias, sobre todo en el palacio, en el que irrumpieron, junto con contados elementos de la calle, centenares de obreros revolucionarios, fusil en mano.
Hubo, en efecto, tentativas de saqueo; pero precisamente esas tentativas fueron las que pusieron de manifiesto la disciplina de los vencedores. John Reed, que no dejaba pasar ninguno de los episodios dramáticos de la revolución y que entró en palacio siguiendo las huellas ardientes de los primeros destacamentos, cuenta que, en uno de los almacenes de la planta baja, un grupo de soldados levantaba con las bayonetas las tapas de los cajones y sacaba de ellos alfombras, ropa blanca, porcelana y cristales. Es posible que algunos ladrones, que durante el último año de la guerra se cubrían con el capote de soldado, hubieran hecho alguna de las suyas. Apenas había empezado el saqueo, cuando una voz gritó: "¡Compañeros, no toquéis a nada, que esto es propiedad del pueblo!" Un soldado se sentó en una mesa, cerca de la salida, con una pluma y un pedazo de papel; dos guardias rojos, con el revólver en la mano, se apostaron a su lado. Se cacheaba a todo el que salía, y todo objeto robado era retirado e inscrito inmediatamente. Así se recuperaron estatuillas, botellas de tinta, bujías, puñales, pedazos de jabón y plumas de avestruz. Asimismo fueron cuidadosamente cacheados los junkers, cuyos bolsillos aparecieron atestados de toda clase de menudencias robadas. Los soldados llenaban de improperios a los junkers y los amenazaban; pero las cosas no pasaban de ahí. Entre tanto, se estableció el servicio de vigilancia de palacio, a las órdenes del marino Prijodko. Se apostaron centinelas en todas partes. Se echó de palacio a los que nada tenían que hacer allí. Al cabo de pocas horas, el oficial bolchevique Dzevialtovski era nombrado comandante del palacio de Invierno.
Pero ¿dónde se había metido el pueblo, que, con el clero al frente, se dirigía a palacio para libertar a los sitiados? Es necesario decir algo sobre esta tentativa heroica, cuya noticia conmovió tanto por un momento el corazón de los junkers. El centro de las fuerzas antibolchevistas era la Duma municipal. El edificio de la misma, situado en la perspectiva Nevski, hervía como una caldera. Partidos, fracciones, subfracciones, grupos y sencillamente personas influyentes discutían allí la criminal aventura de los bolcheviques. A los ministros que languidecían en el palacio de Invierno se les comunicaba de vez en cuando, por teléfono, que la insurrección había de quedar inevitablemente ahogada bajo el peso de la condenación general. El aislamiento moral de los bolcheviques exigía tiempo. Entre tanto, habló la artillería. El ministro Prokopovich, detenido por la mañana y puesto rápidamente en libertad, se queja a la Duma, con lágrimas en los ojos, de que se haya visto privado de compartir la suerte de sus compañeros. La Duma expresa su compasión ardiente, pero también la expresión de esa compasión exige tiempo.
De aquel torbellino de ideas y discursos surge, al fin, bajo los aplausos ruidosos de toda la sala, un plan práctico: la Duma debe dirigirse al palacio de Invierno para perecer allí, si las circunstancias lo exigen, junto con el gobierno. Los socialrevolucionarios, los mencheviques y los cooperadores se ven igualmente dispuestos a salvar a los ministros o a morir con ellos. Los kadetes, poco inclinados de ordinario a las empresas arriesgadas, en esa ocasión están dispuestos a sacrificarse junto con los demás. Los representantes de provincias que se hallan accidentalmente en la sala, los periodistas de la Duma y alguien del público solicitan con frases más o menos elocuentes el favor de compartir la suerte de la Duma. Se les concede el favor que solicitan.
La fracción bolchevista intenta dar un consejo prosaico: en vez de vagar por las tinieblas de las calles en busca de la muerte, más valía que telefonearan a los ministros persuadiéndoles de que se rindieran, para que no se llegara al derramamiento de sangre. Pero los demócratas se indignan: ¡los agentes de la insurrección les quieren arrebatar de las manos no sólo el poder, sino hasta el derecho a la muerte heroica! Los representantes de la Duma deciden, en interés de la historia, proceder a una votación nominal. Al fin y al cabo, nunca es tarde para morir, aunque sea gloriosamente. Sesenta y dos miembros de la Duma confirman que, en efecto, irán a morir bajo las ruinas del palacio de Invierno. A esto responden los 14 bolcheviques que es mejor vencer con Smolni que morir con el palacio de Invierno, y se dirigen inmediatamente al Congreso de los soviets. Sólo tres mencheviques internacionalistas se deciden a permanecer en la Duma: no tienen adónde ir, ni ninguna causa por la que morir.
La Duma se preparaba ya para emprender su último camino, cuando una llamada telefónica trajo la noticia de que iba a unirse a ella todo el Comité ejecutivo de los diputados campesinos. Aplausos interminables. Ahora, el cuadro era completo y claro: los representantes de los millones de campesinos, junto con los de todas las clases de la ciudad, van a morir a manos de un insignificante puñado de usurpadores. No faltan discursos ni aplausos.
Después de la llegada de los diputados campesinos, la columna se puso finalmente en marcha por la Nevski. Al frente de la misma iban el alcalde Schreider y el ministro Prokopovich. John Reed vio entre los manifestantes al socialrevolucionario Avkséntiev, presidente del Comité ejecutivo campesino, y a los líderes mencheviques Jinchuk y Abramovich. El primero era considerado como derechista, y el segundo como izquierdista. Prokopovich y Schreider llevaban un farol en la mano: así se había convenido por teléfono con los ministros, con objeto de que los junkers no tomaran a los amigos por enemigos; Prokopovich, además, lo mismo que otros muchos, llevaba paraguas. El clero brillaba por su ausencia. La fantasía indigente de los junkers había formado el clero con los recuerdos brumosos de la historia patria. Pero tampoco había pueblo. La ausencia del mismo definía el carácter de la empresa: trescientos o cuatrocientos "representantes", y ninguno de los representados. "La noche era oscura" -recuerda el socialrevolucionario Zenzinov-, y los faroles de la Nevski estaban apagados. Avanzábamos a compás. Sólo se oía nuestro canto: La Marsellesa. A lo lejos resonaban los cañonazos: los bolcheviques seguían bombardeando el palacio de Invierno.
En el canal Yekaterinski había un destacamento de marinos armados que ocupaba todo lo ancho de la Nevski, cortando el paso a la columna de la democracia. "Seguiremos adelante -declararon los que marchaban a la muerte-. ¿Qué podéis hacernos?" Los marinos contestaron sin ambages que emplearían la fuerza: "Marchaos a casa y dejadnos en paz." Uno de los manifestantes propuso sucumbir allí mismo. Pero en la decisión tomada en la Duma por votación nominal no había sido prevista esta variante. El ministro Prokopovich se subió a un banco y, "agitando el paraguas" -en otoño llueve a menudo en Petrogrado-, se dirigió a los manifestantes, exhortándoles a que no tentaran a aquellos hombres ignorantes y engañados que, en efecto, podían hacer uso de las armas. "Volvamos a la Duma y examinemos allí los medios para salvar de la revolución al país."
Realmente era ésta verdaderamente una proposición prudentísima. Verdad es que el primitivo proyecto no se llevaba a cabo. Pero ¿qué se podía hacer ante aquellos hombres armados y groseros que no permitían morir heroicamente a los jefes de la democracia? "Permanecimos allí un momento, ateridos de frío, y decidimos volvernos", escribía melancólicamente Stankievich, que también tomó parte en la procesión. De esta vez, los manifestantes, ya sin Marsellesa, y en un silencio concentrado, volvieron sobre sus pasos, por la Nevski arriba, al edificio de la Duma, donde habían de encontrar, al fin, "los medios de salvar al país y a la revolución".
Con la toma del palacio de Invierno quedó el Comité militar revolucionario por dueño absoluto de la capital. Pero de la misma manera que a los difuntos siguen creciéndoles las uñas y el pelo, el gobierno depuesto seguía dando señales de vida a través de la prensa oficial. El Mensajero del Gobierno Provisional, que aún daba cuenta el 24 del retiro de los consejeros secretos, a los que se dejaba el uso del uniforme y una pensión, enmudeció inesperadamente el 25, cosa de que, a decir verdad, nadie se dio cuenta. En cambio, el 26 reapareció como si nada hubiera ocurrido. En la primera página se decía: "A consecuencia de la interrupción de la corriente eléctrica, nuestro número del 25 de octubre no pudo salir." En todo lo restante, excepción hecha de la corriente eléctrica, la vida del Estado seguía su curso, y el Mensajero del Gobierno, que se hallaba en el bastión de Turbetskoi, anunciaba el nombramiento de una docena de nuevos senadores. En la sección de "Noticias administrativas", una circular del ministro de la Gobernación, Nikitin, recomendaba a los comisarios de provincia que "no se dejaran influir por los falsos rumores referentes a acontecimientos ocurridos en Petrogrado, donde reina la más absoluta tranquilidad". No le faltaba razón del todo al ministro: los días de la revolución transcurrieron de un modo muy tranquilo, si se hace caso omiso de los cañonazos, que, dicho sea de paso, tuvieron un efecto puramente acústico. Y, así y todo, el historiador no se equivocará si dice que el 25 de octubre no sólo se interrumpió la corriente eléctrica en la imprenta del gobierno, sino que se abrió una página importante en la historia de la humanidad.